miércoles, 16 de enero de 2008

Canicas


Me encanta la palabra canica. Siempre pensé en tener un perro y llamarlo así. Me hace gracia y además me recuerda a mi infancia, en el barrio del Perú jugando con mis amigos Pedrito de Haro, David el Rubio y Edu. La verdad es que no se me daban excesivamente bien. Era aceptable. Algún que otro tenía suerte y ganaba unas cuantas pero en general siempre me tocaba perder. David era bueno, sí que lo era. Tenía una técnica de tiro un poco peculiar: se ponía la canica entre el índice y el pulgar y lo impulsaba en un extraño movimiento con este último. Y las metía todas, vaya que sí. Nosotros también les llamábamos bolindres que también es un nombre muy gracioso. No sé si es un cacereñismo más o en otras partes de España también se llamaban así. Y el agujero donde las metíamos se llamba guás, o algo así. Nunca lo había escrito hasta hoy.


Además de a los bolindres jugábamos al clavo, a la rana, a las chapas, al Bote Botero, al Rescate y por supuesto, al fútbol. Además construíamos cabañas y hacíamos hogueras y les declarábamos la guerra a los gitanos que vivían en las chabolas de detrás de la vía del tren, lugar peligrosísimo donde nuestros padres nos tenían terminantemente prohibido acercarnos. Era como el territorio comanche y una vez allí cualquier cosa podía pasar. Que te sacaran una navaja, que te robaran la bici a punta de tirachinas o algo aún peor, que fueras alcanzado por unos de los botes de tomate fétido que solíamos robar en el basurero de la vieja fábrica de conservas que había justo detrás.


¡Qué recuerdos! Aquí paro que realmente sufre del síndrome de Peter Pan. O más bien de campanilla.


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